Región

La polarización como estrategia electoral

TEODELINA

José Luis Gaitán  - Estudiante de Ciencias Políticas

“Sin que haya habido colectivos ni choripán”, esas fueron las palabras textuales que usó el presidente Macri para felicitar, a través de un video en su cuenta de twitter, a aquellos que se manifestaron en la llamada Marcha por la Democracia del primer día de abril de este año. La marcha merece, desde luego, un comentario. El Gobierno se desentendió de ella, no la apoyó e incluso sectores y dirigentes del propio Cambiemos la desalentaron. No era a priori una mala lectura, el mes de marzo estuvo plagado de marchas, protestas y movilizaciones de gran magnitud con un claro reclamo a la administración macrista, una manifestación en defensa de ella, corría el riesgo de dejarla en ridículo en caso de no estar a la altura de las anteriores en cuanto al caudal de gente. Era una cuestión meramente cuantitativa. Pero, contrario a la expectativa de varios, la multitud que se manifestó el llamado #1A no fue escasa (una cantidad claramente menor a sus predecesoras de tinte opositor del mes pasado, pero un número nada desdeñable) y significó para el Gobierno un espaldarazo y una palmada de confianza. En este marco es que Macri hace esta declaración que demoniza al choripán. No es, por supuesto, un juicio culinario el que hace el presidente, es una crítica a un símbolo, es un intento de estigmatización de un sector de la vida política y gremial y es una clara toma de posición, un indiscutible gesto de uno de los más repetidos recursos que tiene la dirigencia política argentina casi desde sus inicios y que Cambiemos ha, sin lugar a dudas, adoptado, hablo de la polarización. La polarización (escoger un rival, enfrentarse a él y hacer esa lucha funcional al interés propio) es una estrategia que podemos encontrar muchas veces en nuestra historia, el más famoso caso, por su trascendencia histórica y su claridad como ejemplo, fue la campaña que llevó a Juan Domingo Perón al poder en 1946, “Braden o Perón”, era por entonces la consigna. En nuestros tiempos, Néstor y, más tarde, Cristina eligieron confrontar con un sector político que entendían pequeño y situado a la derecha del kirchnerismo, el PRO. El presidente Macri, que en la campaña de 2015 anunciaba que venía a “unir a los argentinos”, elige polarizar con el gobierno anterior de cara a las elecciones legislativas de este año. Este es un fuerte giro de timón respecto a una gestión que, si bien en el primer año hablaba de “la pesada herencia”, no ponía al kirchnerismo en el ring a la misma altura que Cambiemos, sino que lo aislaba mientras se aliaba con el Frente Renovador, sectores del peronismo y el progresismo, con esta fórmula logró algunas victorias políticas importantes, principalmente en el Congreso, donde no cuenta con mayoría propia. Una clara muestra de la modificación del rumbo es la casi nula actividad parlamentaria desde que se iniciaron las sesiones ordinarias de este año. Esto debe ser analizado de dos maneras: como comportamiento frente a lo que será un referéndum del gobierno en las legislativas de octubre y como política de Estado. Como maniobra únicamente electoralista es, desde mi humilde opinión, brillante. La lectura que hace el Gobierno es que los sectores denominados kirchneristas, y sus principales dirigentes, a pesar de contar con un buen y sólido piso electoral, cargan con una alta imagen negativa y están cayendo en profundo descrédito. Confrontar con Cristina, las formas y los modos del gobierno anterior, escoger como rivales a Aníbal Fernández, D’ Elía, Boudou, el sindicalismo, Baradel, los Lázaro Báez y los Cristóbal López es una idea realmente buena que logrará plantear un escenario de “Cambiemos o el pasado” y pondría en una incómoda posición a un amplio sector peronista no kirchnerista y dejaría casi sin sitio dónde ubicarse en la plana política a varias facciones críticas. Una aclaración, si la economía no comienza a mostrar señales positivas, la idea deja de ser tan buena. La icónica frase “Es la economía, estúpido”, de la campaña presidencial de Bill Clinton, no debería pasársele por alto al Gobierno. Esta inversión es a corto plazo y el resultado de esta postura se verá en octubre cuando se cuenten los votos. El resto, es infinitamente más importante y profundo. La polarización como política de Estado, el Gobierno nacional actuando como instrumento de una facción política contra otra, está lejos de promover cerrar lo que popularmente conocemos como “la grieta”. La misión de terminar con la intolerancia y la crispación en una sociedad que cada diez años sale de una banquina con un “volantazo” que la lleva hacia la otra, merece ser una de las prioridades de lo que denominamos la corporación política y ya es una demanda de mucha gente que se puede ver reflejada en los comicios de 2015. Sin embargo, y a pesar de ellos, quienes llegaron al poder parecen adoptar ahora las mismas prácticas y posturas que demonizaban anteriormente. Es dañino para nuestro futuro como nación no lograr superar esa visión que nos hace pensar al otro como enemigo. Sólo conseguiremos un futuro próspero para nuestro país cuando pensemos al eventual adversario como alguien con quien, a pesar de nuestras diferencias, podemos consensuar, proyectar y crecer. Cambiemos tomó la misión de unir a los argentinos como bandera de su campaña en 2015, hoy, comenzando ya la primera campaña que lo encuentra gobernando, parece arriarla. 

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